Nacional

El Estado catalán que se proclamó a traición

En el mes de marzo de mil novecientos treinta y uno nació Esquerra Republicana de Cataluña (ERC). Francesç Macià, su líder, logró reunir a fuerzas separatistas y catalanistas en un solo movimiento nacional. Cuando se conoció el resultado de las elecciones municipales, Lluis Companys penetró en el municipio de Barna en el mediodía del catorce de abril. Entró en el despacho del regidor, monárquico, y le anunció que tomaba posesión del consistorio para proclamar la República. De este modo lo hizo desde el balcón, sin resistencia alguna. Macià comprendió que aquello carecía de fuerza política suficiente para negociar con los partidos republicanos que habían constituido en la villa de Madrid el Gobierno Temporal. Esa tarde, Macià corrigió a Companys. Le reemplazó por el separatista Aiguader y proclamó la República Catalana de la Federación Ibérica.

Aquello era una traición al Acuerdo de San Sebastián que los catalanistas habían firmado con los republicanos. Pese a esto, el Gobierno Temporal negoció con Macià la renuncia a la independencia a cambio del privilegio de convocar una reunión catalana que elaborara su Estatuto de Autonomía antes que se redactara la Constitución de la República. Ese pacto condicionó el desarrollo constitucional del régimen, enturbió las relaciones entre los partidos y alteró las reglas del juego político.

Luchas callejeras

ERC era una alianza de circunstancias en la que pronto brincaron las desavenencias. A la muerte de Macià, en el mes de diciembre de mil novecientos treinta y tres, Companys fue escogido presidente de la Generalitat no sin grandes suspicacias internas. Al mismo tiempo, se crearon las Joventuts d’Esquerra-Estat Català, dirigidas por Josep Dencàs y Miquel Badía, quien dirigía la Comisaría de Orden Público y al que llamaban Capità Collons, inspiradas en los Camisas Negras del fascismo italiano. Las luchas callejeras entre estos «escamots» y los ácratas –a quienes consideraban «invasores» por ser inmigrantes– trivializaron el empleo de la fuerza.

Companys deseó recobrar la unidad interna de ERC señalando a un contrincante común: el gobierno de la derecha, el de Samper, republicano radical. Aprovechó para esto el enfrentamiento entre dueños y «rabasaires», y presentó una Ley de Contratos de Cultivo en el tercer mes del año de mil novecientos treinta y cuatro que dejaba a los campesinos transformarse en dueños de la tierra que trabajaban. El Gobierno presentó un recurso frente al Tribunal de Garantías Constitucionales, quien anuló dicha ley declarando inútil al Parlamento de Cataluña en materia social agraria.

ERC charló entonces de un ataque a Cataluña y a la República, y auspició un «pronunciamiento civil» de queja y desobediencia que concluyó con un desfile de masas el veintinueve de abril de mil novecientos treinta y cuatro. Los jornales «La Humanitat» y «L’Opinió» publicaron editoriales llamando a la insurgencia contra el gobierno de la República. En la capital de España, los miembros del Congreso de los Diputados de Esquerra abandonaron las Cortes. Companys nombró entonces a Dencàs consejero de Gobernación, quien organizó a los Mossos d’Esquadra –poco más de trescientos hombres– y al Somatén –unos tres.000– al modo de un «ejército catalán».

Los ánimos estaban tan exaltados, la violencia verbal era tal y las movilizaciones callejeras tan usuales, que Companys fue siseado en la Diada de septiembre de mil novecientos treinta y cuatro por los separatistas al comprender que era «poco catalanista», y su retrato «fusilado» en el Centro del Estat Català de la calle de Las Cortes. Pese a esto, Companys se sumó a la deriva revolucionaria de socialistas y republicanos de izquierdas.

Samper dimitió el 1 de octubre pues la CEDA le retiró su apoyo parlamentario. Alcalá-Zamora, presidente de la República, nombró un gobierno encabezado por Lerroux, quien contó con ciertos miembros de la CEDA. Este hecho legal fue empleado por el Partido Socialista Obrero Español de Largo Caballero y los republicanos de izquierdas para llamar a la revolución. Companys y Azaña, que había calificado el nombramiento de «traición», se reunieron el cuatro de octubre. «La Humanitat», diario fundado por el jefe de ERC, publicó el cinco de octubre un editorial que acababa diciendo: «¡De pie de guerra, Cataluña!». Ese día, la Generalitat organizó una huelga general con manifestación final en la que se demandó la República catalana. El golpe estaba preparado.

Barna se despertó desierta el seis de octubre. El cuartel general del Ejército quedó incomunicado. A Barna llegaron camiones con armas y municiones que Badía repartió entre los «escamots», que en número de cuatro.000 formaron en la Plaça Universitat. Badía pasó gaceta a sus tropas desde un vehículo descapotable con una ametralladora al hombro. Dencàs anunció por radio sobre las 12:30 horas que la Generalitat militarizaba Cataluña para prevenirse contra la FAI, lo que era falso. Las transmisoras barcelonesas de radio repitieron dicho mensaje cada quince minutos, alternando «Els Segadors» con «La Marsellesa».

El general Batet y el encargado del Gobierno en Cataluña, Carreras Pons, se entrevistaron con Companys en su despacho a las 15:30. Batet solicitó que restituyera las comunicaciones y el tráfico ferroviario, y le advirtió de su imprudencia. Companys respondió que haría guardar el orden, despidió al militar y se reunió con su gobierno. Los consejeros Dencàs y Gassol estaban decididos, no de esta forma Barrera y Coromera, que vacilaban, y otros 3 que no deseaban dar el golpe. Por último decidió Companys con una fórmula intermedia: el Estado catalán en la República federal de España. Desde ahí las transmisoras de radio no dejaron de repetirlo.

La Coalición Obrera, compuesta por marxistas y ácratas, marchó en la Plaza de la República cerca de las 7 de la tarde. «Volem armes», «Mori Lerroux» y «Mori Cambó» chillaban, para entonces entonar «La Internacional» y «Els Segadors». Entonces, un conjunto puso «la estelada» en el centro de la plaza. La Confederación Nacional de Trabajadores se desmarcó: sus líderes se dirigieron a Comandancia Militar asegurando que solicitarían a sus afiliados que volviesen al trabajo. Una delegación de la Coalición Obrera se entrevistó con Companys, quien aseguró que proclamaría el Estat Català.

A las 20:00 horas, Companys salió al balcón de la Generalitat para leer una declaración: rompía toda relación con «las instituciones falseadas», aceptaba todos y cada uno de los poderes, proclamaba el «Estat català en la República federal espanyola», y también invitaba a formar allá el gobierno temporal de la federación. En verdad, en ese instante Manuel Azaña estaba en Barna. Solamente finalizar su alegato, Companys comentó: «¡A ver si ahora afirmaréis asimismo que no soy catalanista!».

Estado de guerra

A esa hora Batet charló por teléfono con Lerroux. El presidente del Gobierno le anunció la resolución de declarar el estado de guerra y puso en sus manos escoger el instante más oportuno. Poco después, Companys ordenó a Batet que se pusiese a sus órdenes. La contestación fue publicar el estado de guerra. Lerroux se dirigió a los españoles por radio a las 22:00 para anunciar que terminarían con la «locura separatista». En diferentes puntos de la urbe, las fuerzas de Dencàs atacaron instalaciones militares, y se combatió en ciertos edificios dominados por los Somatens y el Estat Català. Sobre las 2:30 o bien 3:00 de la madrugada ya no había focos de insurgencia.

El sitio definitivo fue la Plaza de la República, donde estaban la Generalitat y el Municipio. El comandante Unzué, mandado por Batet, se entrevistó con Pérez Farràs, comandante de los Mossos bajo el mando de Companys. Los golpistas dispararon entonces, ocasionando la muerte de un capitán y múltiples heridos. Por Vía Layetana apareció un contingente de ciudadanos armados para respaldar el golpe. Unzué aseguró la zona y empezó el asedio de las edificaciones oficiales con artillería, ametralladoras y fusilería. No obstante, Batet no deseó entrar a sangre y fuego. Prefirió aguardar a que Companys fuera siendo consciente de su descalabro y se entregase.

A las seis de la mañana del siete de octubre, Companys llamó a Batet para anunciarle su rendición. El comandante Unzué entró en la Generalitat y detuvo a todos y cada uno de los miembros del gobierno menos a Dencàs, quien había escapado por las alcantarillas. Al unísono, el Municipio, dirigido por el izquierdista Pi y Suñer, adherido a la insurrección, se rindió y fueron detenidos los regidores. El golpe había fracasado, mas la República quedaba tocada de muerte.

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