Nacional

La Corona, tradición y pragmatismo

Vivimos tiempos realmente difíciles en nuestra querida España. A la triste crisis sanitaria que hemos vivido, se une la situación política más convulsa de nuestra historia reciente y una más que probable crisis económica en sus inicios. Con este panorama desolador, nos hallamos ahora con la marcha del Rey Retirado sobre el que pesan graves acusaciones, con el objeto, conforme sus palabras, de resguardar la Monarquía y, por lo general, permitir a SM Felipe VI desarrollar su función desde la calma y el sereno.

Estos hechos han provocado el reaparecer del discute latente sobre la pertinencia de la Monarquía parlamentaria consagrada en el artículo 1 de la Constitución como forma política del Estado, sonando las campanas de la República alabada por ciertos, tal y como si esa fuera la solución de nuestros inconvenientes. La verdad es que a Podemos, castigado en las últimas citas electorales, este discute le viene como agua de mayo, por el hecho de que, en el marco del mensaje breve que se impone en nuestro día, el tuit de escasos ciento cuarenta caracteres en el que semeja se deben transmitir verdades indubitadas y absolutas, poner de manifiesto la injusticia que supone la figura del Monarca es fácil y, indudablemente, moviliza a su electorado. Y, del otro lado, desgraciadamente, es harto bastante difícil refutar situaciones simplificadas que, realmente, son complejas, en qué momento el mensaje total debe caber en tan reducido espacio para poder nutrir a las psiques sin juicio crítico.

Puesto que bien, pongamos la situación de la Corona blanco sobre negro. Primeramente, debemos dejar en claro que, cuando hoy día se contrapone la Monarquía y la República, no hablamos de la clasificación que planteaba Maquiavelo –Estados regidos por la voluntad de uno solo, el Príncipe, en el primero de los casos y la manera antagónica, la República, refiriéndose a Estados regidos por la voluntad del pueblo o bien una parte significativa de este–, realmente, charlamos de una dualidad de un solo término, el Estado de Derecho con mayúsculas, no solo regido por el imperio de la ley, sino más bien en el que, además de esto, a la representación democrática de la ciudadanía se une el aprensivo respeto por los derechos esenciales, cuyo contra modelo es el Estado Déspota.

En este contexto, la única diferencia entre la Monarquía Parlamentaria y la República es la configuración de una sola corporación, la figura del Jefe del Estado: en el primer caso, la ostenta el monarca, a priori con carácter de por vida y hereditario; en el caso de la República, un presidente, cuyo orden es temporal y electivo. Sin embargo, esto no tiene ninguna incidencia en la calidad democrática del Estado, puesto que en las Monarquías parlamentarias las funciones del Jefe del Estado se restringen a las de carácter meramente simbólico y representativo, sin capacidad política decisoria. Normalmente dichas funciones se limitan a dotar los actos de los poderes del Estado de formalidad, unidad y continuidad, sirviendo por su parte de arbitro y moderador de las instituciones. Esto es, lo que definió Jiménez de Parga como una Magistratura Ética. En este sentido, la Monarquía parlamentaria salvaguardia la tradición del Estado –pese a que alguno le moleste, no tiene por qué razón ser negativa–, proyectando una representación ad intra y ad extra de permanencia en la actuación del Estado.

Esta falta de funciones propias del Monarca es exactamente la base de la inviolabilidad y también irresponsabilidad tan criticada, mas su fundamento constitucional es técnicamente perfecto, pues deriva de que los actos desarrollados por la Corona no son del Rey, sino más bien del Gobierno que los refrenda a través del refrendo expreso que es la contrafirma, en los actos formales, o bien del refrendo implícito, siendo acompañado siempre y en toda circunstancia por un miembro del Gobierno.

Como afirma un buen amigo, no detestes tanto, por el hecho de que acabas odiando mal. Y esto es lo que les pasa a los oponentes firmememente de la figura de la Corona. Cualquier motivo es bueno para plantear un cambio sobre una corporación que, realmente, marcha. A mí, si me preguntan, soy defensor de la actual situación, la Monarquía parlamentaria el día de hoy me resulta útil como ciudadano y, por este motivo, decido ser pragmático. En verdad, en una República, seguramente votaría por nuestro actual Rey como presidente. No escojo al Jefe del Estado cada 4 años, mas, en resumen, para lo que en muchas ocasiones hay para seleccionar prácticamente supone una garantía. En cambio, mi país está representado por un Rey, cuya permanencia supone una incuestionable ventaja para las funciones representativas, tanto internas como externas, desempeñando un rol para el que ha sido de manera expresa preparado y con una experiencia que pocos podrían aportar. Quizás, si me preguntan en veinte años tenga otra opinión; procuro tener juicio crítico y huir del fanatismo por el hecho de que sí. En consecuencia, si las bondades que ahora ensalzo desaparecen, mi apoyo asimismo lo va a hacer.

Para acabar, si nos referimos al Rey retirado, no podemos dejar de reconocerle su situación facilitadora de la devolución de la soberanía al pueblo. Tiene sombras, como todo humano, mas asimismo muchas luces que no debemos olvidar. Nuestros progenitores tienen mucho que darle las gracias –yo nací en democracia– mas, los más jóvenes asimismo. Con respecto a nuestro actual Rey, SM Felipe VI, las estadísticas convenientes anteceden a cualquier análisis de su función, lo que es seguramente fruto de una administración inmaculada de su función, en especial la moderadora en esta polarizada situación política que vivimos y, asimismo, a mayor abundamiento, una patente reforma integral de la Casa Real dotándola, entre otras muchas cuestiones, de la transparencia y decoro que indudablemente merece.

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *