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LA RAZÓN, en el campo de batalla del centro de salud militar «Gómez Ulla»

La situación de las Emergencias y las UCI de los centros de salud es de los mejores termómetros para medir de qué manera evoluciona la pandemia del coronavirus. A lo largo de las primeras semanas, la presión sobre ellas fue agobiante, llegando muchas a no poder atender a más pacientes. Ni a los que llegaban con síntomas ni a los que estaban en planta y no podían ser trasladados a cuidados intensivos. No obstante, poquito a poco ese nudo empieza a deshacerse y ciertas ven ya una pequeña luz al final del túnel. Es el caso del Centro de salud Central de la Defensa «Gómez Ulla» de la capital española, que comienza a respirar tras lo que muchos de sus trabajadores definen como «lo peor» que han pasado en su vida. Eso sí, no bajan la guarda por si acaso hubiera un repunte. «Estamos en calma tensa», afirman con precaución.

Es jueves por la mañana y la sala de Emergencias, el primer contacto con los pacientes, está prácticamente vacía. «Estos últimos días son un lujo y el día de hoy es singularmente bueno», asevera con una sonrisa el teniente coronel Jaime Rossignol, jefe del servicio de Emergencias. «Ahora, por suerte la cosa está remitiendo poco a poco y semeja que va a mejor», afirma mientras que recuerda los pasados días.

«Todo esto lo hemos tenido todo ocupado. Todo. Ya no cabían más», comenta señalando las distintas salas que hay en el servicio de Emergencias y que cuando el virus golpeó con más fuerza debieron dedicarse únicamente a pacientes con coronavirus, sacando espacio de donde no había. «Tuvimos que meter de todo. Se habilitaron sillas y camas por el hecho de que hacían falta más», recuerda el teniente coronel. Todavía pueden verse las «secuelas» de esos días, como las sillas en los corredores con carteles con números encima y las camas en lo que ya antes era un sitio de paso. «Todo lleno», insiste. «Simultáneamente hemos llegado a tener a más de cien pacientes en observación o bien a la espera».

Rossignol cuenta que debieron abrir plantas sin personal por el hecho de que «había que meterles en algún sitio». Hasta el gimnasio de rehabilitación se transformó en una sala más por el hecho de que los pacientes no cabían. En él se habilitaron cincuenta y nueve camas para personas a las que no se les podía dar todavía el alta o bien no tenían criterios de hospitalización. De ellas, llegaron a tener ocupadas treinta, pues «no había personal para más». Por fortuna, el Ejército del Aire instaló una planta generadora de oxígeno para el tratamiento de quienes estaban en esta zona. El día de hoy, solo quedan 2 pacientes en un gimnasio que les recibe con dibujos de pequeños con mensajes como: «Fuerza y ánimo» o bien «Recupérate pronto». Ha sido un «desahogo», reconoce, lo mismo que el Ifema, «que nos asistió mucho».

Este médico, curtido en misiones en Afganistán o bien Irak, no duda en aseverar que lo que ha vivido «es mucho peor que la guerra, te ves desbordado. Es lo peor que he pasado en mi vida y creo que para algo de esta manera nuca estaremos preparado». De ahí que, con sus Emergencias vacías, respira y aprovecha para encomiar la tarea de su equipo, si bien tiene claro que «hay que ser cautelosos y aguardar a ver si el fin del confinamiento para ciertas actividades no lleva consigo otra oleada. De ahí que, sostendrá su unidad ampliada y el gimnasio «todo el tiempo que podamos».

La batalla que ha vivido Rossignol en su unidad asimismo ha sido la de la jefe del servicio de Medicina Precautoria, María Vicenta García, quien recuerda que «hubo días que las Emergencias estaban colapsadas». O bien la del subdirector del «Gómez Ulla», coronel Juan de Dios Sáez, quien, hoy, reconoce con determinado alivio que la presión asistencial sobre esta unidad «se nota mucho que ha bajado, asimismo en las plantas».

Y es que estamos en un centro que generalmente tiene trescientos cincuenta camas, mas que en esta crisis ha llegado a tener a quinientos ochenta y cuatro pacientes hospitalizados a fines de marzo. «Había días que el aumento de uno a otro era de 100 personas. 100 más, 100 más… hasta llegar al tope», recuerda María Vicenta. Fue tal la avalancha que debieron «reestructurar toda la actividad y centrarla en enfermos de Covid. Ampliamos la UCI y las plantas al límite. Hemos llegado a tener plantas dobladas, camas dobles en cohortes (para estudio)… Y médicos de otras especialidades trabajando con pacientes Covid». Hasta hay un montacargas «solo para coronavirus». Una ampliación que llegó a la morgue, puesto que de las doce cámaras para cadáveres que tenían han pasado a veinticuatro merced a un contenedor amoldado. «En la temporada mala morían de media 8 enfermos al día. Un día hubo quince. El día de ayer solo tres», asevera el coronel Sáez.

En este duro sitio trabajan en nuestros días unas dos mil quinientos personas, de las que cerca de dos mil son sanitarios: civiles, militares en activo y en la reserva, de otras unidades, pupilos de la Escuela Militar de Sanidad… «Todos combatiendo juntos», afirma orgulloso el subdirector. De ellos, más o menos un nueve con dos por ciento se ha contagiado.

Mas desde principios de abril aprecian una mejora, puesto que es cuando «empezó a horizontalizarse la curva de ingresos hospitalarios y de contagios», recuerda el coronel. «Ha bajado como en 100 camas y semeja que vemos la luz», afirma la jefe de Precautoria, haciendo hincapié en que «habrá que aguardar unas un par de semanas para confirmarlo. No hay que bajar la guarda, con un virus jamás puedes bajar la guardia», insiste.

Esa luz asimismo empieza a verse, si bien más apagada y lejana, en el que es otro de los termómetros para medir la evolución de la pandemia: la UCI. «Sigue teniendo un porcentaje muy elevado de sus camas llenas y de este modo va a proseguir siendo a lo largo de bastante tiempo», explica el coronel Sáez.

En esta zona del centro de salud, dedicada en exclusiva al Covid, debieron pasar de dieciseis a treinta y dos camas y ahora tienen ocupadas veinticinco. «Ya vemos algo de calma», asevera con determinada calma el coronel Jorge Medina, jefe de la UCI del «Gómez Ulla». Aun metieron a pacientes donde están los dormitorios de los médicos de guarda.

La imagen, a pesar del pequeño respiro, prosigue siendo dura. Y con contrastes. Mientras que en una de las camas hay un enfermo sedado y también intubado, en otra espera sentado un hombre a que le retiren la cánula de la tráquea. Al lado, 2 enfermeras, absolutamente cubiertas con sus equipos de protección, atienden a una mujer.

Estos pacientes pasan acá, de media, 3 semanas y en todo instante están bajo control y controlados, cada uno de ellos en su pequeña habitación apartada. En todos y cada turno hay catorce enfermeras, 7 auxiliares y diez médicos. Desde una suerte de sala de control en todos y cada zona de UCI, reciben la información de todos. Sonríen, mas lo poco que se ve de sus caras por las mascarillas refleja ese cansancio amontonado. «Nunca nos hubiéramos imaginado algo de este modo. Con lo que vimos en China aguardábamos que la cosa iba a ser seria, mas no esto. Nos ha desbordado», apunta Medina. «En una semana pasamos de 8 enfermos a veintitantos». Él, de la misma manera que muchos de los que trabajan acá, asimismo ha pasado por misiones: Afganistán, Bosnia… «La experiencia de la guerra nos ha servido ahora que debemos pasar penalidades, sobre todo de personal. Allá vas solventando los inconvenientes que brotan sobre la marcha».

Tanto el coronel Medina como su equipo tratan con los pacientes más críticos, «los que dan más trabajo y los que evolucionan más lento». Solo pueden ser trasladados a planta cuando son capaces de respirar sin ayuda. «Son personas con pronóstico muy malo», remarca el subdirector. Algo que secunda otro de los sanitarios activados para hacer en frente de la crisis desde la UCI, el directivo de la Escuela Militar de Sanidad, coronel Enrique Bartolomé Cela, quien no duda en apuntar que «un diez por ciento de los que están en planta son aspirantes a bajar acá. Es una nosología muy activa y se trata de enfermos muy complejos».

Mas entre tanta dureza, asimismo hay hueco para la esperanza. El jefe de la UCI despide a LA RAZÓN de su teatro de operaciones. Debe proseguir combatiendo. Sonríe. Verdaderamente no ha dejado de hacerlo ni un segundo. «Habéis venido en un día bueno», afirma. Y añade: «Ojalá que mejore». A su espalda, 2 dibujos de Lucía, una pequeña de cinco años, semejan animarles a continuar. En uno, sobre un arcoíris, se lee: «Todo va a salir bien». En el otro, al lado de un virus tachado, les recuerda: «Ganaremos la batalla».

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