Nacional

Las picardías de la ministra

La asamblea entre la Ministra de Exteriores y Picardo, Ministro primordial de una colonia británica en suelo de España, ha cogido por sorpresa a los que no conocen el guion escondo del Gobierno de Sánchez en esta cuestión. Los que sí lo conocen no se han extrañado demasiado, pues este tête à tête es solo un paso más en el rosario de cesiones gratis que España hace y que acabará con el blanqueo de uno de los paraísos fiscales más popular entre los inversores internacionales, con la renuncia a aprovechar el Brexit para solucionar un enfrentamiento anacrónico y con una ocasión histórica perdida para establecer una solución temporal que garantice la prosperidad de los jibraltareños y de nuestros compatriotas en el Campo de Gibraltar, cuya renta por cabeza es 6 veces inferior a la de los llanos. A mí tampoco me ha extrañado por el hecho de que cuando no se tiene una idea de España, da igual que haya una colonia en España que sentarse con Junqueras y Tuesta a discutir la autodeterminación de Cataluña. Cuestiones, las 2, que afectan a la integridad territorial, a la dignidad nacional y fundamentalmente a la soberanía nacional.

Esta política de apaciguamiento (Chamberlain, Conferencia de Múnich, mil novecientos treinta y ocho) no es nueva. El Ministro Moratinos, un enorme diplomático, la puso en marcha en tiempos de Rodríguez Zapatero con resultados a la perfección controvertibles. Lanzó un Foro de discusión Tripartito en el que se sentaban de pie de igualdad los representantes de España, los del R. Unido y los de Gibraltar. Trinidad Jiménez, mi predecesora en el cargo, lo congeló cuando los jibraltareños se empeñaron en discutir sobre cuestiones de soberanía. Moratinos terminó asimismo con las limitaciones del tráfico aéreo con origen-destino en un aeropuerto construido en un istmo que no se cedió en el Tratado de Utrecht (Pacto de Córdoba, dos mil cuatro) y que los británicos han ido ampliando toda vez que hemos sido enclenques. En Naciones Unidas Moratinos accedió a incluir en la Resolución sobre Gibraltar, la expresión «deSeos»: una sola palabra, mas que lo cambiaba todo. Hasta ese momento, se instaba a los 2 Gobiernos a descolonizar Gibraltar respetando los «intereses» de la población; desde entonces –y hasta el momento en que llegamos – se incluyó la palabra «deSeos»: la autodeterminación por la puerta de atrás.

Solamente tomar posesión, hice cuanto pude para revertir esta situación: substituir el Foro de discusión Tripartito por otro en el que estuvieran España y el R. Unido y, asimismo, la Junta de Andalucía o bien la Mancomunidad de Ayuntamientos del Campo de Gibraltar; la derogación del Pacto de Córdoba (dos mil cuatro) y la vuelta al Pacto de la ciudad de Londres (mil novecientos ochenta y siete) para usar de manera conjunta el aeropuerto. En Naciones Unidas aclaramos que solo se podrían tomar en consideración los deSeos de los jibraltareños que fueran conformes con la legislación internacional, lo que excluía cualquier referencia del principio de autodeterminación. En Bruselas denunciamos

el contrabando de tabaco, los abusos medioambientales y las distorsiones que los privilegios societarios y fiscales suponían para la competencia.

Cuando supimos del Brexit, dimos un paso considerablemente más audaz. Las leyes europeas se aplican en Gibraltar pues un Estado miembro se encarga de sus relaciones exteriores. Cuando el R. Unido se vaya, Gibraltar va a pasar a ser territorio tercero, contra los deSeos de la población jibraltareña. La única fórmula a fin de que esto no ocurra es que España se haga cargo de la política exterior del Peñón. La fórmula de la cosoberanía no es nueva: estuvo a puntito de hacerse realidad en las conversaciones entre José María Aznar y Toni Blair a inicios de este siglo. No salió entonces, entre otras muchas cosas, por el hecho de que los jibraltareños no veían ningún aliciente en aceptarla; ahora sí lo tienen por el hecho de que si la admiten proseguirán formando una parte de la Unión Europea, y si no la admiten van a quedar fuera.

La codecisión se aplicaría, conforme nuestra propuesta, a la política exterior, a la de defensa y a la de inmigración. En todo lo demás, Gibraltar disfrutaría de una autonomía amplísima, acogiéndose a lo establecido en el artículo ciento cuarenta y cuatro de la Constitución De España. Los jibraltareños disfrutarían de una doble nacionalidad y, lo que es más esencial, se establecería una zona económica singular que incluyera el Peñón, el Campo de Gibraltar y Ceuta. ¿Para hacer qué? Para permitir fabricar o bien acoplar muchos de los recursos que pasan por el Estrecho y que ahora se marchan a Róterdam o bien a otros puertos europeos, siempre que se destinen a la exportación. Y asimismo para transformarse en plataforma logística de las compañías que deseen aprovechar los fondos europeos que necesariamente tendremos que destinar al desarrollo del Magreb, si no deseamos que nos desborde una inmigración irregular que no va a dejar de medrar.

Cuando salí del Ministerio la política cambió. La cosoberanía dejó de interesar y se prefirió explorar soluciones específicas a los inconvenientes específicos. La llegada de Sánchez no hizo más que acentuar esta deriva. No se incluyó en la Declaración Política que acompañó al Pacto de Retirada del R. Unido una cláusula que forzase a los negociadores a respetar la legislación internacional; cosa que sí hicieron los irlandeses con los pactos de Viernes Santurrón. Se ha festejado un pacto fiscal en que se blanquea Gibraltar a cambio de nada y ahora se reconoce a Picardo el estatus de interlocutor internacional con el que siempre y en todo momento soñó. Exteriores ha intentado eliminar relevancia al tema diciendo que se trata de un encuentro informal y no programado. En política internacional esas cosas no pasan: no estamos frente a una picardía de González Laya como tampoco fue picardía la recepción de Ábalos a Delcy Rodríguez. Comulgamos con ruedas de molino en un disparate infinito.

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