Violencia machista: Faltan mil mujeres
Sociedad

Violencia machista: Faltan mil mujeres

«Educación y mucha conciencia social, eso es lo que hace falta para finiquitar con la violencia sexista. Instruir en igualdad es lo primero, mas asimismo debe erradicarse de una vez eso de “les oía discutir mas no soy absolutamente nadie para meterme en las intimidades de una pareja”. Eso es de una sociedad hipócrita: no hace falta tener un enorme cargo para ir mudando las cosas». Habla una veterana agente policial que lleva tratando el inconveniente de la violencia sexista desde ya antes aun que se le llamase de este modo. Está agotada de ver la pasividad de la gente y de quedarse de piedra cuando habla con familiares y vecinas de una fallecida y verifica que lo sabía todo el planeta mas absolutamente nadie hizo nada. «Es urgente que nos mentalicemos de que esto es responsabilidad de todos», insiste.

Desde el instante en que existen estadísticas oficiales para intentar medir la violencia que se ejercita contra una mujer por el simple hecho de serlo, desde hace solo dieciseis años, ya han fallecido mil a manos de su pareja o bien ex- pareja. Mil mujeres que vivieron un averno ya antes de fallecer, de forma frecuente en silencio. Pues el enorme inconveniente de esta cultura sexista continua siendo la ausencia de demandas anteriores por parte de ellas: menos de una tercera parte de las fallecidas se atrevieron a contarlo ya antes. Los peores años fueron dos mil ocho, con setenta y seis fallecidas, y dos mil once, con setenta y tres. Después, ha habido una tendencia a la baja, siendo la cantidad «menos mala» cuarenta y nueve fallecidas en dos mil dieciseis. En lo que llevamos de año van veinticinco. Conforme los datos registrados por la Segregaría de Estado de Igualdad, seiscientos sesenta y uno de estas mujeres (el sesenta y 6 con uno) son de nacionalidad de España y el cincuenta y 8 con siete por ciento (quinientos ochenta y siete casos) todavía sostenía una relación sentimental con su atacante.

Beatriz, una chavala de veintinueve años, se hizo el día de ayer con el triste honor de ser la «número mil» en el doloroso recuento y cumple el perfil con perfección, conforme los datos anteriores: era de España, no había denunciado y estaba en pareja. Su muchacho, de cuarenta y nueve años y origen rumano, se suicidó cuando se vio acorralado por la Policía, otro comportamiento asimismo muy frecuente entre estos individuos. El doloroso acontencimiento ocurrió la noche del domingo en Alboraya, una localidad ribereña pegada a Valencia capital. Los dos trabajaban en hostelería. Según lo que parece, como camarera en una horchatería y él en una pizzería. Habían empezado su relación en Malta hace 8 años. Entonces se trasladaron a Valencia en dos mil quince, mas no llevaban mucho viviendo en una cuarta planta de la calle Unió, en el distrito de Port Saplaya. Fue el día de ayer por la mañana cuando la echaron en falta. Su madre, por el hecho de que no respondía a las llamadas y su jefe, que le pareció extraño que no se presentase en su puesto sin haber sobre aviso. De este modo, tanto el jefe como la madre, asistieron al domicilio mas absolutamente nadie respondía al timbre. Los agentes debieron llamar a los Bomberos a fin de que forzasen la puerta. Y fue ahí, al verse acorralado y sin escapatoria posible cuando el atacante decidió quitarse la vida tirándose por la ventana. Ya antes, se había autoinfligido cortes en las muñecas y se había clavado un arma blanca en el pecho. Cuando los agentes entraron al domicilio hallaron a Bea asfixiada en cama. Apenas llevaría ocho o bien diez horas fallecida, conforme los primeros rastros forenses, mas va a ser ahora la necropsia practicada en el Instituto de Medicina Legal de Valencia la que determine las circunstancias del fallecimiento. El juez de guarda debió ocuparse de la autorización del alzamiento de los 2 cadáveres (el de él tirado en la calle tras precipitarse desde el balcón) y también instruirá diligencias la Guarda Civil de la Comandancia de Valencia. Él no tenía antecedentes por violencia de género: uno de los grandes obstáculos para pelear contra esta lacra. Lo explica una juez que ejercita en un juzgado de Violencia de Género de Andalucía. Si bien piensa que los juzgados especializados no han probado ser lo eficientes que pensaron cuando se diseñaron, sí cumplen una esencial función: no tratar este género de violencia como otra más. Para ella, el primordial inconveniente es que «la violencia sexista prosigue siendo un inconveniente incuantificable». «Lo comprobamos toda vez que hay una fallecida y vemos que no había denunciado. Esa muchacha era maltratada y no había entrado en la estadística, con lo que la cantidad oficial de maltratadas siempre y en toda circunstancia es inferior a la realidad. Hay datos que nos hacen colegir que la cantidad real es abrumadora». Opina afín la secretaria de Mujer y también Igualdad de AUGC Madrid: «Las que están peor no denuncian por el hecho de que tienen mucho miedo». La pata policial es otra herramienta vital en esta guerra contra el machismo: el sistema de valoración del peligro en bajo, medio, alto y extremo ha probado grietas y no hay agentes suficientes para resguardar a todas y cada una. Y eso que no son las únicas víctimas: desde dos mil trece asimismo se contabilizan los hijos de estas. En solo 6 años, ya van doscientos cuarenta y cinco menores que se han quedado sin madre.

«El temor no se va a ir jamás, mas la semana pasada me quité el botón del pánico»

El próximo veintiuno de junio se cumplirán once años del instante en que Marta Guerrero tuvo la osadía de salir de casa con sus hijos. A lo largo de más de 6 años, esta valenciana soportó el maltrato de su marido, primero los sicológicos y, después, la violencia física. Ahora, con cuarenta y uno años, asegura que prosigue viviendo con temor, mas es capaz de charlar de lo que vivió. «Cuando voy por la calle siempre y en toda circunstancia miro a los lados y detrás, a ver si me persigue alguien. Las mujeres que hemos subsistido a la violencia sexista debemos aprender a vivir con estas cicatrices, soportarlas. No somos enfermas, mas tenemos daños sicológicos irreparables»; nos cuenta. Su proceso acabó hace un año. Su ex- pareja está en libertad y ella aún recuerda lo que le afirmaba cuando vivían juntos. «Si me demandas y me meten en la prisión, cualquier día voy a salir, con lo que mira lo que haces. Te quitaré a nuestra hija, tu vida no vale más de trescientos euros», le chillaba entre golpe y golpe.

«Hasta el tercer año no llegó la violencia física. Los primeros era sicológica, que verdaderamente, si subsistes, es lo que te marca toda la vida. Yo tenía veinticinco años cuando empecé la relación y entonces había menos información. Logró cancelarme, no me reconocía. Me prohibía salir con mis amigos y mis familiares, solo me dejaba salir de casa para trabajar», narra.

Lo que Marta ganaba en su trabajo, la forzaba a entregárselo. Si la casa no estaba limpia, era su culpa. Si el alimento no le agradaba, asimismo.

«Tenemos una hija en común y fue por ella por la que tomé la resolución de denunciar y llamar al dieciseis. Una noche, estábamos las 2 en casa y sonó la puerta del elevador cerrarse, entonces se abrió la de casa y mi hija me dijo: »Mamá, te afirme lo que te afirme no respondas, inclina la cabeza». Esa oración me animó a decir »hasta aquí»», asevera Marta que después dejó su trabajo y se puso a estudiar integración social para asistir a mujeres que se hallan en su situación.

Tras dejar la «casa del infierno», Marta se fue con su hija y otra fruto de una relación precedente a un centro de protección de mujeres donde continuó 6 meses y entonces empezó su periplo judicial. «No se puedo probar, según parece, todo cuanto me había hecho, a pesar de que declararon mis hijas y se presentaros todos y cada uno de los informes médicos y psicológicos», lamenta. Y de esta forma, fuera de la que había sido su casa empezó una nueva vida, eso sí, siempre y en todo momento con temor, con los recuerdos recorriendo su psique en todos y cada segundo y con el sufrimiento de meditar que puede regresar a hacer daño a su hija. «La semana pasada me quite el botón del pavor que he llevado a lo largo de todo este tiempo, no es que me sienta segura y que haya dejado atrás los miedos, mas es preciso proseguir adelante, mirar al futuro. Además de esto, he alterado de número veinte veces y 3 veces de domicilio», narra.

El año pasado fue cuando Marta logró verbalizar el suplicio que vivió. «Antes era imposible, por el hecho de que en parte siempre y en toda circunstancia había un sentimiento de culpabilidad», reconoce. Ahora, y al lado de otras trescientos mujeres, ha constituido en Valencia el primer Consejo de Mujeres resilientes de la violencia sexista en España, para asistir a mujeres en su situación. «Hay que denunciar y salir de casa, no sé de qué forma pude hacerlo, mas hay que sacar fuerzas», sentencia.

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