Sociedad

Violencias en las escuelas, un inconveniente real que no debemos obviar ni progenitores ni profesores

Resulta complicado administrar aquello que envuelve a la niñez por demasiados motivos. Entre otros muchos, por el hecho de que las propias experiencias infantiles de las personas que tienen trato con las pequeñas y los pequeños actualmente, muy de forma previsible, no están ni sanadas ni revisadas. Otro factor que influye es el hecho de que seguimos sintiendo que las personas menores, solo por el hecho por serlo, nos pertenecen y que deben hacer siempre y en toda circunstancia lo que las adultas disponemos. Adentrarse de manera profunda en los universos de la crianza y de la educación puede resultar un camino de vida para quien lo transita.

Charlemos de las personas que deciden dedicarse profesionalmente al acompañamiento de la niñez. Siempre y en todo momento me he cuestionado las vocaciones, deseo decir, si verdaderamente existen alén de un conjunto de circunstancias y sistemas que nos empujan cara lo que pensamos que escogemos con libertad. Si comprendemos la vocación como “inclinación a una profesión para la que se presenta interés, predisposición y habilidades”, hoy día no me cabe ninguna duda de que es requisito anterior para quienes desean iniciarse en los campos educativos. Comprendo que es urgente y preciso, no hay opción alternativa posible, abordar profesionalmente y de forma responsable el ejercicio de la educación desde el sitio que se ejercite (personal enseñante y no enseñante, dirección, coordinación, inspección, diferentes cargos en la administración…). Una persona que desea trabajar en una escuela en contacto directo con el estudiantado debería proponerse trabajar: con y por vocación, habiendo sanado su niñez, estando en capacitación y revisión incesantes y ofertando a pequeñas y pequeños el trato que merecen (como las personas de pleno derecho que son). Con respecto a este último punto hay una fórmula extendida para saber en qué momento estamos ejercitando abuso de poder cara los menores: traslada la oración (o bien acción) que dices (o bien realizando) a la adultez, pregúntate si charlarías (o bien tratarías) de igual manera a una persona adulta y semejante.

De ciertos de estos malos tratos y abusos de poder me agradaría hablaros, nombrar determinadas situaciones que proseguimos sufriendo hoy día en las escuelas y que no deberíamos dejar que sucediesen ni siquiera en una sola y inusual ocasión. Estas experiencias están llenas de violencias, aproximadamente evidentes, y es necesario destaparlas y tratarlas para eludir su perpetuidad:

– Las ratios oficiales, singularmente en la educación infantil, son demasiado elevadas para atender las necesidades de las personas que se hallan en esta etapa (entre tres y cinco años). Del volumen de usuarios en las salas que asisten al conjunto de edad 0-tres años ni charlemos, no se pueden atender las necesidades reales de este conjunto con las ratios propuestas oficialmente. Solo esta cuestión ya puede marcar la diferencia en el momento de acompañar en un entorno más relajado y sustentable, con menos agobio y apremio.

– La comida y las extrañas reglas no escritas sobre ella. Se prosigue viviendo a diario que las personas adultas (en ocasiones ni tan siquiera son personal enseñante) instan a las menores en las escuelas a acabarse sus meriendas y/o platos de comida. Esta es una cuestión tan preocupante como trasnochada, supongo que es la herencia de otros tiempos, no tan lejanos por otro lado, en los que no era extraño pasar apetito. El obligar a las pequeñas y pequeños a concluir todo cuanto está en el plato ya antes de ir a jugar, es una agresión. Introducir cualquier objeto, en un caso así comida, en el cuerpo de otra persona, contra su voluntad, es violencia. Manipular a la otra persona a fin de que coma contra su voluntad, asimismo es violencia. Coaccionar, conminar, mentir, si bien sea (aparentemente) “por su bien”, asimismo es violencia. Sigue habiendo pequeñas y pequeños maltratados en los comedores escolares, y esto no se puede permitir.

– El empleo del pañal y la imperiosa necesidad que tienen los centros de educación de que desaparezca a determinada edad, peculiarmente estipulada por ellos mismos en desatención absoluta a las necesidades de la niñez. El abandono del empleo del pañal ha de ser una elección personal y es una cuestión evolutiva de esencial relevancia, que puede ocurrir con absoluta normalidad en el trascurso de un periodo largo de tiempo (entre los tres y los siete años más o menos). Cabe remarcar que no se trata de una cuestión meramente fisiológica. El hecho de que en las escuelas no puedan emplearse pañales es una incapacidad del centro, no una complejidad de su estudiantado. Es violento obligar a pequeñas y pequeños de 3 años a retirar el pañal sin estar dispuestas para ello y sin haber tomado la resolución por cuenta propia. Cuando digo 3 años deseo decir 3 o bien menos, lo que aumenta el agobio en las guarderías para “preparar a sus infantes para la escuela de mayores”. La retirada traumática del pañal es un maltrato y puede repercutir en siguientes contrariedades de distintas clases.

– El etiquetado es una triste incesante en las salas, seguramente derivado de la competitividad que produce el simple hecho de unir a un conjunto de personas de exactamente la misma edad que deben contestar de afín forma ante idénticas cuestiones planteadas. Tanta homogeneidad transforma en exageradamente perceptible la diferencia, de forma ineludible. Proseguimos viendo y señalando al empollón, a la gordita, al estúpido, a la marimacho, etcétera Podríamos decir que el etiquetado es inherente al sala de forma tradicional entendida y (aún) hoy en día organizada. Nace puesto que en comunidades uniformizadas y se expande al no contar con aún de profesionales formados en áreas tan básicas como son la comunicación y la mediación en enfrentamientos. No vamos a mudar nada con una clase de educación sensible por semana o bien festejando la semana de la igualdad de año en año en el tercer mes del año (por muchos carteles de colorines que se cuelguen en los corredores).

– La no inclusión. Por el hecho de que la inclusión no existe, de veras lamento decirlo, por lo menos hasta donde conozco. Y no va a ser por carencia de campañas y euros destinados a tal propósito, mas no marcha. Pues trabajar en inclusión (auténtica) es atender todo género de diferencias y necesidades en exactamente la misma sala, desde ella y para ella. No es admisible de otro modo, no acepta sucedáneos. Reunir ciertas horas por semana a determinadas personas (cada una con su qué, ninguna con lo mismo) que semeja que no llegan a lo que se espera de ellas en ciertas materias a fin de que hagan un tanto de clase de refuerzo, es cualquier cosa menos inclusión, en verdad os voy a contar lo que seguro sucede con estas absurdas y también ineficaces prácticas: aumenta el etiquetado y la exclusión. La inclusión debe englobar la diversidad en el sala todo el tiempo con sus componentes, como sistema que somos; se trata de ver a los individuos y asimismo al conjunto, para beneficio de todos. Otra cosa es perder el tiempo y echar a perder los recursos.

– Los castigos y los premios. 2 caras de exactamente la misma moneda de empleo tan frecuente como sobrestimado, el summum de las técnicas de control y manipulación de conducta y, por lo tanto, la antítesis del genuino aprendizaje. Decir que no tienen efecto es falso, la cuestión es para qué valen verdaderamente, cuáles son las consecuencias de estos métodos. Los efectos a medio y a largo plazo son tan conocidos como indeseados: pérdida de la motivación intrínseca, de la autonomía, de la inventiva, de la concentración en los objetivos, etcétera La presunta ganancia momentánea sobre el control es abominable ante semejante destrozo. Un disparate y ahí proseguimos, señalando a las personas con pegatinas de caritas sonrientes o bien enojadas.

¿Habéis vivido algo afín a lo previamente expuesto? ¿Os suena que os hayan contado que le pasó a alguien? Llevo más de diez años atendiendo esta clase de demandas, tan tristes como recurrentes. Para atender aplicadamente a todas y cada una estas cuestiones es necesario que las familias se impliquen al límite, conociendo de primera mano lo que ocurre cotidianamente en las salas y de qué manera se administra. Es preciso asimismo que las escuelas puedan ofrecer la trasparencia y seguridad precisas en el ejercicio del cuidado y acompañamiento del estudiantado. Y es imprescindible que se reduzcan los requisitos de carácter burocrático en busca de acrecentar la capacitación activa y la revisión de calidad para el profesorado (asimismo para el personal no enseñante que esté en contacto con menores).

A mi modo de comprender es fundamental dirigir asimismo los objetivos profesionales sobre estas cuestiones que no son puramente académicas, sino más bien considerablemente más esenciales, puesto que asisten a conformar la base de la futura personalidad de las pequeñas y pequeños de el día de hoy. Se trata, nada menos, de la capacitación de los pilares de la que va a ser la persona adulta; de los cimientos de sus futuras capacidades, destrezas, actitudes y habilidades; del germen de su potencialidad para intentar una vida mejor para sí y su comunidad.

Rebecca Sánchez – Sicóloga y Organizadora en EAM

www.escolactivademallorca.org

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